domingo, 31 de enero de 2010

Presentación Documentales


El miércoles 3 a las 8 de la tarde en la Sala Polisón del Teatro Principal presentaremos los documentales "Una Mirada Nueva sobre África".

Después de un año de trabajo podemos ofreceros estos materiales de sensibilización que se complementan con una guía didáctica y la exposición "Aprender del Sur".

¡Os esperamos!

sábado, 23 de enero de 2010

Sin terremotos, somos invisibles

La misión de la Ongd Persona Solidaridad debería ser sacar a la luz a los invisibles, dar a conocer al mundo a todos los enterrados por miles de "terremotos" que se producen cada día. Haití está siendo el foco de la opinión pública durante estos últimos días. A partir de ahora, cuando se vayan las cámaras, los militares y nadie sepa dónde está Haiti, tendremos que seguir apoyando a un país sumido en la miseria y mostrando a los del norte el sur que trata de sacar la cabeza de entre los escombros que cuántas veces hemos provocado nosotros.

miércoles, 20 de enero de 2010

Haiti-Otro mundo es posible

No nos olvidemos de los millones de "haitianos" que pueblan nuestra tierra.
Otra tierra es posible en la que las injusticias no acampen a sus anchas.


Los pecados de Haiti

Un artículo de Galeano de hace unos días. Para hacernos pensar más allá de lo que estamos viendo por la tv.
La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el
problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

Haití: La maldición blanca

Os paso este texto de Eduardo Galeano. Recordemos a Haiti. A los que sufren los efectos del terremoto llamado POBREZA.
El primer día de este año 2004, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud. Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo. Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.
De la maldición blanca, no se habló. La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: –¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? –El anterior. –Pues, que se restablezca. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos. A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854. En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.
La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo. Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza.

Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional. En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares. Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

sábado, 2 de enero de 2010

FELIZ 2010


Os deseo a todos los que os pasáis alguna vez por este blog un 2010 lleno de solidaridad. Que en el dar encontréis la alegría para vuestra vida.


juanje

viernes, 25 de diciembre de 2009

Los soldados del Estaño en el Congo

Aunque esta noticia salió a la luz hace varios meses os la traigo al blog para que no olvidemos esta Navidad a los cientos de mineros esclavizados para extraer el estaño que hace girar el universo electrónico mundial.


En la profundidad de la selva, lejos de todo reducto de civilización, hay un corto trecho de carretera asfaltada, con un pequeño tramo recto: Walekali, una de las pistas de aterrizaje más concurridas del Congo. La llaman ‘Walikale Express’; más de 15 aviones aterrizan y despegan de allí cada día, con el botín de 2 millones de dólares estadounidenses que saquean cada semana. A 50 millas de aquí hay diez minas de un mineral que todos quieren: un mineral de color rojizo, la casiterita, más conocida como estannato, el mineral con el que más se comercia en la Bolsa de Londres.

Actualmente se utiliza para producir placas de circuitos electrónicos y su precio lleva en alza toda una década. La batalla por el control de las minas y su comercialización está servida. Nos han advertido de que no se nos está permitido grabar a los soldados. Las Naciones Unidas están aquí, aunque no se aventuran a alejarse demasiado de su campo base.


Los pacificadores jamás han puesto el pie en las minas. No obstante, es el saqueo del mineral lo que fomenta el conflicto, con lo cual, se dispara la compraventa de armas. La población civil sigue muriendo –casi mil muertes cada día. La crisis se agrava cual si fuera una plaga tropical.

"Son muchas las batallas que se han librado en Walekali y no hay nadie que no esté afectado. Durante la guerra, se vieron todos obligados a adentrarse en la selva, y no se puede siquiera imaginar las penurias que tuvieron que pasar. Sin alimentos... sin ayuda... Fueron tiempos muy duros" (Emile Fakage, Save the Children).

Miles de personas desesperadas se vieron obligadas a abandonar sus granjas y huir a las minas. No fueron muchos los que regresaron. Pero, ¿qué es lo que los retuvo allí, en mitad de la selva? La mayor de las minas, Bisiye, tenía fama de ser un lugar remoto y sin ley, a 60 kilómetros en la profundidad de la selva. Ni siquiera Buto Muiso, jefe de la división gubernamental de minas, había puesto el pie en el lugar. Y, como él, quisimos averiguar quién estaba a cargo y quién estaba lucrando con ella. Nos dijeron que podíamos llegar a Bisiye en uno o dos días. Ningún occidental había hecho el viaje jamás.

A lo largo de todo el recorrido nos las tuvimos que ver con las miradas de las tropas militares del gobierno, conforme se iban abriendo paso hacia la mina. "En Bisiye -nos decían-, son todos predadores". Esta selva primaria llevaba más de una década infestada de cruentos verdugos y famélicas milicias, hasta que el ejército congoleño los puso en desbandada hace unos cuantos meses.


Es un trayecto abrupto y dificultoso, aunque no por ello menos concurrido que una autopista. Cuatro mil porteadores hacen el trayecto con sacos cargados del mineral más pesados que sus propios cuerpos. Cada uno de los sacos de 50 kilos de casiterita tiene un valor de 400 dólares en el mercado internacional. Los soldados del ejército congoleño a menudo obligan a los porteadores a portar los sacos gratis, a punta de fusil; si tienen suerte, en cambio, podrán ganar 5 dólares al día.

Prince fue comerciante hasta que el ejército quemó y saqueo salvajemente Bisiye, llevándose todos sus ahorros. Como todos los demás, tuvo que volver a empezar de la nada. "Estoy reventado. Porto cargas de 50 kilos sobre mis espaldas. Tengo mujer y dos hijos. Pero no ganamos mucho y sufrimos muchas penurias. A veces, ni siquiera te pagan. También corremos el riesgo de morir en el camino. Cuando lleguéis a Bisiye, podréis ver las tumbas de muchos porteadores como yo". Prince, Porteador.

Prince ya había pasado una noche en la selva, pero le quedaban 24 kilómetros más. Y, si quería llegar a la pista de aterrizaje Walikale antes del anochecer, tendría que ponerse en marcha cuanto antes. A algunos otros porteadores les gusta contar historias sobre el infierno. "Cientos -me decían- murieron asesinados durante el último brote de violencia en Beisye", entre milicias frenéticas de las que jamás había oído hablar. Ninguno de ellos sabía que la casiterita que portaban iba destinada a la rica industria electrónica internacional. Uno de ellos aseguraba saber que "iba destinada a América -según él- para reconstruir las Torres Gemelas y el Pentágono".


Nos encontramos con cientos de porteadores, cargados con los sacos de 50 kilos del mineral a sus espaldas. Aquí en la selva, de noche, mientras montamos con ellos la tienda de campaña, he de decir que las placas de circuitos electrónicos que se construirán con la caserita que ellos portan se nos antoja a años luz de distancia. El frío y húmedo aire de la tienda apestaba a sudor rancio y a extenuación. Los porteadores se tomaron su única comida del día. Llovió toda la noche, pero nadie parecía darse cuenta, porque en el campo base de Koba se duerme como en la ultratumba.

Ya casi al mediodía, pasó una ambulancia. Demasiado enferma para seguir caminando, una mujer había tenido que ser transportada a hombros de un porteador durante dos o tres días hasta llegar a un pequeño hospital recientemente reabierto por Médicos Sin Fronteras. A la quinta hora del trayecto del segundo día encontramos por casualidad un cementerio en la selva, como bien nos había indicado Prince. Supimos que debíamos estar cerca de Bisiye. Aquí yacían las víctimas de la guerra, los muertos por inanición, por la sobreexplotación, por la malaria, por el tifus y por el cólera.

Cerca del río, vemos los primeros signos de la actividad minera. Nos han dicho que hay unos 6.000 mineros aquí. En este punto del trayecto abordamos una cuesta. Nunca han visto gente como nosotros por estos lares. Conforme nos acercamos a la cima, cesa toda la actividad y se congregan para mirarnos, asombrados. Como no existe ningún tipo de gerencia en la mina, los soldados del ejército nacional dirigen el lugar a punta de pistola. Para cuando alcanzamos la cima, todos los soldados se han quitado el uniforme y han ocultado sus armas.

Las tropas del lugar a veces no cobran durante meses; aunque por eso se quedan sin resarcimiento por los sueldos extraviados. Los soldados del estaño del Congo se labran la muerte.

Los mineros no cabían en su gozo porque se había corrido la voz de que habíamos venido a ayudarles y poner fin a su calvario. Entre ellos, sin perderse un detalle, la perversa presencia de los soldados del ejército –simple y llanamente somos incapaces de distinguir quién es quién. La actividad en la mina ha dejado profundas cicatrices en una montaña que antaño fue tierra sagrada y ancestral de las tribus del lugar. La mayor actividad se produce a gran profundidad en el subsuelo. En lo más profundo de las entrañas de la montaña, los pozos y las destartaladas escaleras están en condiciones inhumanas.

"En el agujero tienes que estrujarte, arrastrarte y meter barriga para poder avanzar. El siguiente peligro lo representan las enormes rocas que penden sobre nuestras cabezas. A menudo nos sepultan; cualquier desprendimiento supone una muerte instantánea. Luego, reina la oscuridad. Y ya no hay aire que respirar. Una vez superados los 60 metros de profundidad el aire deja de fluir del todo. Tienes que ingeniártelas como puedas para poder respirar".

"Arrastrarte para atravesar estrechos agujeros, ayudándote de manos y pies para escarbar, porque no hay espacio para cavar, te deja todo el cuerpo lleno de heridas y magulladuras. Y, cuando finalmente consigues sacar la casiterita a la superficie, los soldados del ejército te esperan para quitártela a punta de pistola, lo cual significa que te quedas sin poder comprar comida. De ahí que estemos siempre hambrientos" (Muhanga Kawaya).

Los mineros no trabajan por dinero. Las rocas que los soldados no consiguen robarles las utilizan para comprar alimentos. Muchos contraen enormes deudas con los comerciantes, quienes suelen quedarse durante meses, para asistir impotentes al horror de la vida diaria del lugar. Los mineros trabajan gratis; los soldados del ejército siempre les roban todo. Incluso bajan a los pozos simplemente a disparar a la gente. Sí. No hace mucho asesinaron al último. Obligan a los mineros a darles todo lo que tengan, amenazándolos con matar a cualquiera que ose quejarse.

"Siempre están listos para disparar. Se nos castiga realmente. No poseemos nada y lo pagamos caro. Vivimos completamente asediados por soldados del ejército –aunque vayan vestidos de paisanos". (Maponda Regina, comerciante). Incluso el propio ministerio de minas del gobierno reconoce su impotencia ante la enorme avaricia del ejército congoleño.

"No se respeta la integridad de las personas; vivimos en un régimen en el que sólo logra sobrevivir el más fuerte". Los diversos grupos armados hacen lo que quieren con la población para lograr sus propios fines. El estado no se beneficia en absoluto.

"Necesitamos restablecer el orden y el respeto por el ministerio de minas, porque hoy todo está al servicio del más fuerte. Exigimos que se restablezca el orden, para que cada uno pueda estar en el lugar que le corresponde: el ejército en sus barracones". Buto Muiso, Jefe de la División de Minas del Gobierno, Walekali. Hace cien años el escritor Joseph Conrad describía el saqueo colonial en el Congo como "la escalada de depredación más sanguinaria y degradante jamás sufrida por la conciencia humana".

Nada ha cambiado. Esta es la cruda realidad a la que tendrán que enfrentarse los líderes del mundo rico, en su inminente reunión en Escocia la semana que viene, la hora de adoptar un marco de actuación en África. Hemos traído un grueso tomo a la cima del monte de casiterita – el ambicioso nuevo plan de Blair para África.
Cuando lo lanzó el pasado mes de marzo, aseguró que temía que las generaciones futuras fueran a pedir cuentas a los ricos por, aun siendo plenamente conscientes de ese sufrimiento, y pese a tener todos los recursos de acción necesarios, haber hecho la vista gorda y seguir con sus vidas. Este mineral lo extraen y portan seres humanos que son mera carne de cañón para nuestra industria. Cinco ejércitos han batallado para hacerse con el control de la mina de Bisiye en los últimos cinco años. Y, aún y todo, la compramos.

La ética de los hechos ha saltado a la palestra. Visto lo que está ocurriendo allí, decidimos seguirle la pista a una empresa británica, el segundo importador de casiterita más importante de las minas de los alrededores de Walekali. Allí abajo, en la pista de aterrizaje, de lo que se trata es de hacer negocios, para variar. Soldados del ejército apostados en todas partes vigilan su botín, listo para ser trasportado en avión por los intermediarios, quienes, a su vez, venderán el mineral a exportadores congoleños y a empresas de exportación extranjeras.

La demanda de casiterita ha florecido debido a la legislación de Japón y de Europa occidental que han resuelto reemplazar la industria del plomo por la del estaño para sus placas de circuitos electrónicos. La demanda global del estaño ha venido directamente acompañada de la violación de los Derechos Humanos y de la guerra por el control de minas como la de Bisiye. Nos hemos hecho un hueco en el avión de un importador de casiterita, con destino a Goma, en el Walekali Express. Me acomodé sobre una pila de 1.7 toneladas de mineral. Un buen montón de dinero. Algunos aviones no consiguen siquiera dar su primer giro.
Nos encontramos con nuestro hombre, el importador británico, en otro pueblo, donde su familia, los Kotechas, llevan más de 40 años en el negocio. Estuvimos una hora y media hablando con Ketankumar Kotecha en su oficina, discutiendo sobre la ética empresarial de la compra de minerales en una zona en conflicto.

Nuestra conversación fue adquiriendo un cariz cada vez más embarazoso. Su empresa, Afrimex, lleva más de veinte años importando casiterita de la zona oriental del Congo. Pero el Sr. Kotecha no quiso ponerse frente a la cámara, y en su lugar, convino en que reflejáramos su opinión en nuestro informe.

Precisamente me disponía a hacerlo, cuando el Jefe de Policía provincial nos comunicó que debíamos acompañarle a la comisaría. En la comisaría de policía nos confiscaron la cámara y los pasaportes y nos tomaron declaración. Al día siguiente nos dejaron libres sin cargos y nos metieron en un barco rumbo a Goma.

Sólo pudimos especular conque el Sr. Ketankumar Kotecha, un hombre poderoso, se debió aburrir con nuestras declaraciones.

Lo que sí nos dijo en defensa de sus intereses en la explotación de casiterita es que su actividad era legal. Dijo, y cito literalmente, "Sí, la estipulación salarial es muy baja, pero a los mineros siempre les viene mejor ganar poco, que no ganar nada. Si yo no me dedicara a esto, "algún otro lo haría", aseguraba, "no estoy aquí en calidad de redentor moral. Pero eso es precisamente lo que necesita el Congo: redención moral para las frágiles y empobrecidas gentes que viven a merced de la avaricia del prójimo. La vida aquí es tan brutal, que no hay lugar para la esperanza de que la vida pueda cambiar a mejor – por mucho que los líderes de los países ricos pretendan hacer al respecto. El gobierno de Congo, ni es capaz de controlar a su propio ejército, ni puede proteger a sus propios ciudadanos, gente condenada a morder el polvo, por la maldición de la riqueza que yace bajo sus pies.

jueves, 24 de diciembre de 2009

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Calendario Solidario

Después de casi dos meses sin escribir en el blog, vuelvo a las andadas. Ha sido un trimestre muy intenso y no he tenido mucho tiempo. Espero iros contando estas navidades todo lo que se está cociendo por la ongd Persona Solidaridad y lo que va pasando por mi vida, si es que a alguien le puede interesar esto-

Deciros que hemos estado con el calendario solidario como siempre por estas fechas desde hace 6 años. Se han vendido peor que otros años. Se ve que la crisis afecta a la solidaridad. Se ve que los que tienen que ayudar a los que están en crisis también están en crisis. Mira que esto no me lo acabo de creer.

Lo que hemos recaudado irá para Perú y Tanzania, para los proyectos que ahora mismo tenemos entre manos.

Ella ha sido la portada del calendario. Se llama Eliza. Su madre tiene sida, quizá ella también.
Mirarla me produce una ternura infinita. La sonrisa de Eliza llena de alegría esta Navidad.