viernes, 1 de agosto de 2014

EDUCACIÓN PARA EL DESARROLLO



Desde hace 11 años un grupo de voluntarios de la Ongd Persona Solidaridad, visitamos cada verano el pueblo de Villa Rica en la Selva Central de Perú.
 
Aquí comenzamos y aquí seguimos, tratando de contribuir a un mundo más justo donde se viva con más dignidad y con una educación de calidad para todos.

Pero los datos del último informe del Banco Mundial sobre 15.000 escuelas de 7 países latinoamericanos, no son muy alentadores. Los docentes pierden un día de clase cada semana y en los años 60, en Perú, el sueldo triplicaba al actual. Estamos en uno de los países que menos invierte en educación.

Pero nosotros creemos que la educación es la base del desarrollo y trabajamos en este distrito con la esperanza que dan los logros  conseguidos. Baste un ejemplo. Gaby está a punto de terminar sus estudios universitarios de Contabilidad gracias a una beca que ha llegado desde Burgos. Es de una familia muy pobre y habla con madurez y entusiasmada de la preparación de su trabajo final de licenciatura. Le animamos a seguir su formación.

En Perú hay más de 50.000 escuelas. Muchas se encuentran situadas en comunidades indígenas y en algunas el profesor de la escuela primaria desconoce el idioma nativo. En las aldeas del río Tambo faltan más de un centenar de profesores y han tenido que echar mano de alumnos que acaban de terminar secundaria. En la ciudad de Atalaya la ong Persona Solidaridad apoya un proyecto único promovido desde Cáritas Selva Central: Nopoki, una universidad para indígenas. Una oportunidad para los jóvenes nativos de la selva que pueden así estudiar un magisterio bilingüe y alcanzar una formación integral que repercuta el día de mañana en el desarrollo de sus comunidades.


El informe también revela que un 75% de los docentes son mujeres con posición económica baja y que en muchos casos fueron la primera persona de su familia que accedió a la universidad. Es una de ellas, Lesley, la que nos invitó hace unos días a visitar a algunos de sus alumnos más desfavorecidos.

Encontramos a Sandra en un pequeño cuarto de alquiler de no más de 12 m2. Allí vive con su hermano y con su madre. Su papá los abandonó y han venido desde Iscozacín, a más de 4 horas de aquí. La entrada insalubre al recinto, donde viven con otras familias, no debe distar mucho  de las favelas brasileñas o del slum más paupérrimo de Nairobi. Y a nosotros esta chiquilla de 12 años nos parece una heroína. Rodeada de aguas putrefactas saca arrestos para vestir con dignidad y voluntad para ser buena estudiante.

Igual que Juan Daniel, un preadolescente al que visitamos en su sencilla y nueva casa, construida con ayuda del pueblo tras el incendio que arrasó la antigua. Nos dice que repitió un año por “juguetón”, pero parece que aprendió la lección y ahora sabe que estudiar es el único modo de salir para adelante. Trabaja en un chifa, un restaurante con influencias de la cocina china, de 6 a 11 de la noche, lavando platos. La vida le aprieta y él, con su mirada vivaracha, la mira desafiante.

Tras visitar a más familias hemos vuelto a casa sobrecogidos por el rostro terrible de la pobreza, que todavía es más cruel cuando acecha a los niños que siempre nos sonríen inocentemente.

No reafirmamos: la educación es la clave del cambio, la que hará ciudadanos críticos con sus gobernantes, más responsables con su selva, más cuidadosos con sus ríos, más conscientes de las pobrezas escondidas, más sensibles al sufrimiento de sus vecinos, personas mejores y más felices.

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